¿Diálogo o narrador?

Entre las voces narrativas, el diálogo es la que permite la mayor autonomía e independencia de los personajes.

¿Cuál es la vinculación entre el narrador (la voz narrativa que expone) y esa especie de cambio de ritmo en la narración que supone el diálogo? Coordinar y compensar la voz narrativa y los diálogos es un aspecto ineludible.

¿También está presente un narrador cuando los personajes hablan directamente en un relato?

Quién ostenta el poder en el texto

Las relaciones entre voces habladas y voz narradora son diferentes según el tipo de narrador de que se trate. Los dos extremos posibles son:

a) un narrador implicado, que forma parte de la acción como sujeto o como espejo y cuya conciencia está ligada al desarrollo de los acontecimientos;

b) un narrador no implicado en la situación.

En el primer caso, podría ser un narrador protagonista, que participe incluso de los diálogos; en el segundo, un testigo que no hace ninguna acotación.

Si el que presenta el diálogo es un testigo, podrá estar a menor o mayor distancia de los interlocutores, escuchar menos o más, saber menos o más.

Dice Ford Madox Ford acerca de la preocupación de Joseph Conrad frente a la composición de los diálogos: «O se cuenta directamente, como narrador, o se pone en boca de los personajes, más fácil, pero más complicado.

Sea como fuere tenemos que enfrentarnos con la cuestión de informar o de escribir diálogos, de los cuales el lector recuerda después alguna frase destacada y un estilo del hablante. Una regla invariante que teníamos para la composición de las conversaciones auténticas (no preguntas ni informes) era que no hay ninguna forma de hablar de un personaje que pueda jamás contestar lo que ha dicho otro antes que él. La gente que escucha es poca, todos están casi siempre preparando lo que van a decir a continuación: en conjunto, el sistema indirecto, entrecortado, de llevar las entrevistas, es de gran valor para dar una impresión de la complejidad, el tormento, el resplandor, la niebla, que constituyen la vida».

El grado de intervención

El narrador puede tener una menor o una mayor intervención en la historia. Conviene distinguir dónde recae el peso del significado y buscar el equilibrio necesario a la intriga que deseamos plantear.

El siguiente ejemplo:

-Vine a despedirme -dijo Amalia.

marca una gran diferencia con respecto a este otro:

-Vine a despedirme -dijo Amalia, presintiendo que su marido no le diría lo que sentía, ni siquiera ante su inminente partida.

En el segundo, el posible problema a analizar es que el narrador le hace sombra al diálogo y puede convertirlo en una mera ilustración. Si el tratamiento elegido es el diálogo, el narrador que se esconde detrás (y el escritor mismo) no deben hacer comentarios u opinar; la discreción es lo que cabe. Es decir, emplear una voz narrativa psicologista que hable de los personajes al margen de lo que ellos pretenden mostrar desequilibra la novela o el cuento.

Por lo tanto, debemos preguntarnos si la intensidad de la escena, su sentido, depende de las voces de los personajes o de la del narrador y respetar la extensión de las intervenciones según la respuesta.

Las informaciones sobre un personaje han de ofrecerse con sutileza mediante el diálogo: no se trata de presentar la biografía detallada ya que, además de ser aburrida, resta toda emoción.

Contraste entre las modalidades

Aparentemente, el discurso expresado por un narrador es más reflexivo, el lenguaje empleado más «literario»; el del diálogo, en cambio, responde a las características del lenguaje oral, la improvisación del mismo hace que parezca menos elaborado. Por ello, el riesgo de su uso es mayor que el de la voz del narrador que puede jugar más con los giros del lenguaje «literario».

Lo más común es combinar ambas modalidades.

En este último caso, los personajes pueden hablar con el mismo estilo del narrador o cada personaje estar individualizado por las características de su estilo personal y así no sólo se diferencia del narrador, sino también de los otros personajes.

En cualquier caso, debemos saber por qué lo hacemos de una u otra manera: la elección no debe ser la que nos resulte más cómoda, sino la más adecuada para la escena que estamos tratando, siempre vinculada a la trama total.

Usar el narrador más adecuado

¿Cuándo es más conveniente usar el diálogo y no otra clase de narrador? En los casos en que contar los hechos o dar la información a través de un narrador resultaría demasiado farragoso o detendría la acción. Entre todos los narradores existentes, el más adecuado sería así el protagonista, que cuenta lo que a él le pasó, más directo en apariencia que lo que alguien vio, le contaron, imagina o sabe. Pero, más que el protagonista a solas, es el protagonista dialogando con otro lo que aportará dinamismo a ciertas historias, por ejemplo, las de aventuras en las que el diálogo es una herramienta imprescindible.

Veamos la posible diferencia transformando un diálogo de La náusea, de Jean-Paul Sartre, en prosa narrativa.

Se observa que el primer texto es más ágil, una descripción puesta en boca de un hablante en un diálogo es más dinámica que como parte de una prosa:

Texto original:

-¿ Vio usted ese Cristo de piel que está en Burgos ? Hay un libro muy curioso, señor, sobre esas estatuas en piel de animal, y hasta en piel humana. ¿Y la Virgen negra ? ¿No está en Burgos ? ¿Está en Zaragoza? ¿Pero no hay acaso una en Burgos? Los peregrinos la besan, ¿ no es cierto ?

Texto transformado en prosa:

Hay un Cristo de piel en Burgos. Existe un libro muy curioso sobre esas estatuas en piel de animal, y hasta en piel humana. Y la Virgen negra está en Burgos o en Zaragoza. Pero se supone que hay también una en Burgos. Los peregrinos la besan..

Cómo lo empleamos

Al elegir el diálogo como uno de los mecanismos de nuestro relato, debemos decidir también cuándo conviene su inclusión; cuándo un personaje debe hablar y cuándo debemos dejar paso al narrador. Así, dentro de la totalidad del relato, debemos considerar una serie de aspectos relativos al diálogo para que el conjunto resulte significativo:

  • La proporción

Se puede utilizar el diálogo como estrategia para articular la estructura del conjunto en distintas proporciones y en forma muy breve o extensa: un cuento o una novela pueden estar desarrollados parcial o totalmente en forma de diálogo.

Los diálogos pueden ser mínimos, como en Creen, de Manuel García Rubio; profusos, como en Con las mujeres no hay manera, de Boris Vian; pueden aparecer en ciertos momentos específicos de la trama, como en Caballeros de fortuna, de Luis Landero, o cubrir la totalidad.

  • La distribución

Si su inclusión es parcial, pueden aparecer agrupados en una parte del contexto, en ciertos fragmentos de los capítulos, como ocurre en Solsticio, de Joyce Carol Oates, o alternando constantemente diálogo y narrador, que es la forma más común.

  • La extensión

La extensión de un diálogo depende de la participación que del personaje correspondiente exija el relato; los parlamentos pueden ser muy breves (hasta de una sola palabra) o muy extensos. La extensión puede caracterizar a un personaje. Un buen ejemplo, es Carlota Fainberg, de Antonio Muñoz Molina, novela en la que se establece un contraste entre el diálogo casi inexistente de un personaje (es también el narrador y, cuando las hay, sus respuestas son muy breves) y el extenso del otro (hasta más de dos páginas), mecanismo justificado por las características de la situación en la que el primero dice que es incapaz de relacionarse en los viajes (el diálogo se desarrolla en un aeropuerto), pero escucha cada vez más interesado el relato del segundo, típico conversador que se «confiesa» en sitios como los aeropuertos.

Para comprobar que la trama avanza, es conveniente dejar de escribir durante un rato y reflexionar acerca de quién debería contarlo para que el impacto sea mayor (¿el mismo personaje o un narrador?), y qué extensión debe tener cada parlamento.