El cabestro. Jorge Ginés.

 

En una tarde de domingo, cuando ya arropábamos el ganado de las praderas para dirigirnos a un bonito cortijo andaluz, de repente oímos un grito de una mujer entrada en años que pedía a gritos que le ayudara alguien por que había en sus pies un toro y ella estaba subida a un olivastro. Rápidamente nos organizamos para que dos personas fueran a ayudarla y los demás siguieran con el ganado. Un compañero y yo fuimos ha ayudarla, mientras que los demás seguían con su camino. Poco después encontremos al toro, que a medida que nos íbamos acercándonos nos dimos cuenta que era un cabestro y que sólo quería que le acariciara y le diera de comer en la mano. Para que se tranquilizara le dijimos que no quería hacerle daño. Mi compañero se acercó al cabestro y le agarró con una cuerda, mientras yo bajaba del olivastro a la mujer. Después la mujer nos contó que vivía el cortijo y se dirigía hacia el cortijo. La montemos a caballo y nos dirigimos hacia el cortijo.