Quién quiere comprar la ciudad de Estocolmo? Vicent Bevia

Había una vez un hombrecillo que vendía cosas en el mercado. Era un hombrecillo bajito y delgado todo vestido de verde, parecía un duendecillo de cuento; de ahí que todos le conocieran como el hombrecillo de la paraeta del toldo verde. Entonces un día se le acercó un barbero. A diferencia del hombrecillo, el barbero era corpulento y con aire de millonario. Y el hombrecillo vió la oportunidad de un buen negocio, así que le ofreció la ciudad de Estocolmo.

El hombrecillo quedó con el barbero en la taberna del pueblo explicándole que el negocio que le iba a proponer era muy importante para tratarlo allí de pie. Los dos se sentaron en una mesa al fresco y se sirvieron un par de vasos de cerveza, acompañados de patatas fritas que invitan a beber más. Entonces el hombrecillo empezó a contar todas las maravillas de Estocolmo diciendo el prestigio y la categoría que una ciudad así le daría a cualquiera que la pudiera comprar. El barbero se iba hinchando como un sapo con el orgullo de verse presumiendo delante de todo el pueblo. El barbero sacó una bolsa de monedas de oro y la puso encima de la mesa diciendo con arrogancia:

-¡Te guste o no, esto es todo lo que te voy a dar! .

El hombrecillo ni siquiera contó las monedas, le dio un papel con una firma y se fue tan rápido como pudo. Ni siquiera recogió su paraeta del mercado. En el papel había instrucciones para llegar a Estocolmo. Además la dirección del Ayuntamiento de Estocolmo donde tenía que ir y reclamar la llave de la ciudad al Alcalde. El barbero allí se plantó, y empezó a pedir su ciudad al Alcalde, pero nadie le entendía por que no hablaba su idioma. Buscó varios traductores que le ayudaran a explicar a todos que era el dueño de la ciudad, pero ellos le decían que estaba equivocado, que le habían engañado, porque las ciudades no se pueden comprar.

Todavía se recuerda en Estocolmo al barbero extranjero que en su barbería tenía un papel que le señalaba como "EL DUEÑO DE ESTOCOLMO".